Jim Glass.
Private Investigator.
Parte 1…
Tantas noches de
barra solitaria en antros de suburbios, sin más compañía que vasos de cristal
con dados de hielo enfriando algún destilado y alguna dama pasajera con rímel
exagerado, no fueron buenas consejeras para su hígado. Jim Glass, disponía de
la edad suficiente para empezar a pensar lo que había hecho en la vida. Ideó un
submundo propio de trabajo individual y creó una imaginaria coraza defensiva,
la misma que al mismo tiempo le iba condenando, apartando de relaciones de más
de una noche. Demasiado egoísta para entregarse a nadie que no fuera él mismo y
su soledad.
Esa noche en la
taberna sólo quedaba él y una pareja en un rincón que se deshacía en sonrisas a
media luz. La escasa llama de la mesita desenfocaba y ocultaba las arrugas, las
canas y las tristezas y les invitaba a pasarlo bien. Jim los miró y por un
momento los imaginó en un desenfreno amoroso entre camastros de pensión y se dio
asco.
—Apúntamelo, Garth. Voy a estirar las
piernas hasta la otra orilla.
El barman asintió
mientras retiraba el vaso y pasaba un trapo sobre la barra, que colgó en su
hombro derecho. Jim se caló la gorra y
la gabardina y salió a la calle empedrada siempre mojada, luego torció para
dirigirse hacia Westminster. Parecía una noche como cualquier otra. La fina
niebla que va calando si no llevas algo impermeable. La tenue luz amarilla de
las farolas reforzada por la de una luna difuminada que sobrevolaba Londres.
Sin ruido apenas, ni un ladrido. Al llegar al puente miró el reloj y recordó
que estaba parado por reformas hacía una semana. El puto Big Ben, se dijo,
mientras se asomó al Támesis que escondía sus turbias y caudalosas aguas hacia
el mar. Un black cab TX4 se paró justo delante del St. Thomas Hospital y de él
descendió una mujer. El taxi partió y la mujer, parecía que no pudiese andar,
se tambaleaba. Jim vio la escena y no pudo evitar pone en marcha los engranajes
de su máquina de trabajo. Sonó la alarma con sirena y luces rojas que todo
investigador de rancia ralea tiene en espera. Rápidamente se dio la vuelta
hacia el taxi y apuntó LT07FAF en su block de notas. Tomó aire para evacuar los
vapores del whiskey lo más rápido posible y corrió hacia la mujer, que a punto
estuvo de caer en el suelo si no hubiese sido porque Jim la agarró con fuerza.
—¿Se encuentra bien? ¿Puede andar? —la
mujer señaló el hospital con una mano. Con el otro
brazo pegado al cuerpo sostenía un pequeño bolso marrón.
Jim se pasó su delgado
brazo sobre el cuello y le cogió la mano, con el otro la agarró por la cintura.
Ella sollozó inmediatamente de dolor y la mano de Jim se empapó de sangre. El
hospital universitario St. Thomas dispone de servicio de urgencias que cubre la
NHS si eres ciudadano inglés.
—Señora
aguante. —Margaret sacó del bolso una tarjeta y se la dio a Jim susurrándole
unas palabras.
El navajazo en el
estómago fue letal. Jim estuvo explicando al inspector Lambert lo ocurrido y
éste corroboró con el servicio de urgencias la entrada. Le pidió que le diese
un número de teléfono para contactar con él por si fuera necesario para la
investigación.
—Glass,
me es familiar su nombre. —dijo, como haciendo memoria.
—No
sé inspector, ya le dije que trabajaba como comercial y ahora con la
reestructuración en la empresa por la pandemia, doy clases de piano por horas.
—mintió descaradamente.
—Piano,
de acuerdo, puede marcharse. —Robert Lambert le miró por encima de las gafas,
no vio manos de pianista.
Jim aprendió a no
compartir su información con la policía. Hacía veinticinco años del caso de
Emerald, su antigua novia de instituto. Ésta, una noche de verano despachó al
abyecto, sucio y maltratador de su marido por la vía rápida. Se armó de valor y
con un cuchillo de cocina lo mandó a criar malvas. Inmediatamente llamó a Jim
que se encontró con un escenario aterrador y empezó a tejerlo todo para simular
que un ladrón cometió el delito en un intento de robo. La investigación
policial no pudo incriminarla, pero el inspector encargado del caso se olía
algo raro y aunque lo intentó todo sólo pudo sacarse de la manga una ocultación
de pruebas con un consiguiente arresto domiciliario de quince días y 250 libras
de multa.
Después de una
ducha caliente en su apartamento, extrajo la tarjeta del bolsillo del pantalón.
Lilibeth Cromm
Jefa Redacción
Diario Central Madrid
Movil +34 610 589 200
lilibeth@diariocentralmadrid.com
Mi hija está en
peligro. Irán a por ella. Fueron las palabras que le resonaban una y otra vez
en la cabeza, a lo largo de todo el día. La buscó en las redes sociales, sin
resultado. En Linkdin y una plataforma de periodismo liberal aparecía como
estudiante. No había información actualizada.
Delante
del espejo, aún mojado por la ducha. Hizo un movimiento de ataque al más puro
estilo Bartitsu, como si fuese el gran Sherlock Holmes que inmortalizó Sir
Conan Doyle. Salió con la toalla enrollada y abrió el cajón de la cómoda. Miró
su pasaporte en vigencia. Ya no era ciudadano europeo por la gracia del primer
ministro británico, y refrendado por su majestad la Reina Isabel II como jefa
de estado de la Commonwelth. No quiso llamar a Lilibeth ni tampoco enviar un
correo por si la policía estaba investigando. Volaría a Madrid.
Salió del
apartamento y se dirigió inmediatamente hacia la taberna de Garth. Eran amigos
desde que cursaron primaria en el St. Nicholas School en Canterbury. Padrino de
boda de Garth y Rose. Y siempre el tío Jim para su hijo Peter.
—Toma
esto, me voy a Madrid por un trabajo. —le entregó las llaves del apartamento— Te mantendré informado, ya sabes qué hacer si
no vuelvo.
Se dieron un abrazo
y se dirigió hacia la puerta, pero una luz azul le hizo rectificar en el mismo
quicio de la puerta. Jim volvió a entrar y observó cómo el inspector Lambert
salía de un automóvil de la policía y se dirigía hacia el portal de su
apartamento.
—Sal
por la puerta de atrás y cruza hasta la parada de taxis.
—No
esperaba que me buscasen tan pronto, no hace ni 24 horas.
—No
sé en qué líos andas metido, pero ten cuidado. Y toma el número de mi primo si
vas a Madrid, igual necesitas ayuda. —le
escribió con bolígrafo una dirección y un móvil.
Se abrazaron de
nuevo, esta vez más fuerte. Garth tuvo un mal presentimiento, pero no le dijo
nada. Jim, salió por el callejón, anduvo treinta metros hasta llegar a la plaza
y se dirigió a la parada de taxis. La señal encendida de For Hire del primero
hizo que se acercase hasta la ventanilla para pedirle si le podía llevar a
Heathrow y negociar el trayecto, éste accedió y colocó la maleta en el
portaequipajes. Jim cogió la mochila con el portátil y una gabardina vieja y se acomodó en la
parte posterior del amplio taxi negro. Sabía lo importante que podía ser una
gabardina enrollada en el brazo para salir ileso de alguna reyerta con arma
blanca. Se recordó la frase de Arthur Miller: Nunca pelees limpio con un
desconocido, muchacho.
El taxi partió
hacia el aeropuerto. Empezaba a lloviznar de nuevo. Tardaron unos cuarenta
minutos en recorrer los 25 kilómetros que Jim aprovechó para esquematizar
tareas en su block de notas. Pagó 50 libras al taxista. Se llamaba Andrew Law. Tenía unas fotografías
de dos niños rubios en la bandeja del salpicadero, que supuso que eran sus
hijos, aunque le chocó que él tuviese el cabello castaño. Miró los dedos de su
mano derecha algo amarillentos, sospechó que del tabaco. Cuarenta minutos y
poca conversación dieron para especular sobre Andrew. Jim pensó en ello, pero
no le costaba en absoluto, era su trabajo. Y lo dominaba completamente.
Sonó el teléfono.
Lo dejó sonar hasta que quedó una llamada perdida.
Era Scotland Yard
moviendo fichas.
Parte 2..
El sargento y un oficial
golpearon con el ariete policial la puerta del apartamento. El inspector
Lambert había solicitado permiso para
derribarla dentro del marco de la ley. Jim Glass tenía antecedentes. Hacía
cinco años lo detuvieron por falsear documentación, algo normal cuando una
investigación te sugiere entrar en algún lugar restringido. Puesto en libertad
salió bajo fianza. Ahora había mentido al inspector y en el dossier que éste llevaba,
indicaba que trabajaba como coaching de desarrollo personal. Tres domicilios diferentes, todos en Londres.
Iban a empezar a sacar huellas cuando sonó el móvil del inspector.
—Lambert, dígame. Sí…Sí.. ahora mismo
acabamos de entrar. Ya, ejem.. —carraspeó— pero… oiga… —escuchó atentamente
durante veinte segundos larguísimos y finalizó la conversación con un: ¡A sus
órdenes mi comisario!
Se dirigió al Sargento
y al oficial: Nos vamos, el Comisario Jefe me acaba de llamar. La investigación
ya no es competencia nuestra.
El barrio de las
letras de Madrid tenía el brillo y la luz que le faltaba a su país. Jim pensó
que tenían a Shakespeare a Orwell o a Dickens, pero éstos tenían a Cervantes, a
Lope de Vega o a Galdós y ese barrio del Siglo de Oro español, desprendía un
olor castizo que les legitimaba para ser quienes eran por todo aquello que
fueron. Nada peor hay para un país que sus mediocres dirigentes olviden la
grandeza de su pasado y eso les pasaba a los españoles igual que a los
ingleses. En cambio, los ‘enfants de la patrie’ estaban orgullosos de su
marsellesa, de sus reyes y de sus guillotinas y esgrimían arrogantes ser padres
de la ilustración con permiso británico. De la Francia traidora de Vichy ni se
acordaban.
La pensión de la
calle del Príncipe era pequeña y antigua, pero muy familiar y extremadamente
limpia. María: “Soy Jim, el rubio inglés que te pide que te cases con él cada
vez que viene a Madrid”, fueron las palabras para reservar por teléfono y en
sesenta segundos una habitación. María era la típica posadera que cuida a sus
clientes como si fuesen sus propios vástagos y cocinaba los huevos revueltos con
beicon de una manera especial.
Cuando sientes
que la muerte acecha con su guadaña esperando tu último estertor, aprovechas
los últimos segundos de vida para volcar todo aquello que consideras importante
y que no se vaya contigo. Así que Margaret lo hizo con un desconocido. Le dio
la tarjeta de su hija y un pendrive, no habló de policía, es más, con los ojos perdidos
que ya ven el final del túnel le dijo: Soy una agnóstica empedernida pero creo
que un dios te acaba de poner en mi camino para que sigas las pesquisas de mi
investigación y salves a mi hija de una muerte segura. Jim, que la edad le
había privado de muchas cosas de juventud pero le había dotado con una
sensibilidad mayúscula, asintió con los ojos chorreando por sus mejillas sin
afeitar. Guardó el legado de la mujer y esperó sentado en unas sillas de
urgencias a que viniese la policía. Un niño que se había pillado el dedo con la
puerta del ascensor, se lo enseñaba forrado con una venda quirúrgica mientras
su madre le daba la teta a su hermana. Lo miró con ganas de vomitarle encima
todo el whiskey de la taberna pero se contuvo y cerró los ojos. Cuando los abrió,
el sol de Madrid penetraba ligeramente por los cristales de la ventana y daba
un ambiente dorado a su habitación. El ruido de bullicio en la plaza de Santa
Ana, le puso de nuevo en estado de alerta. Cogió el pendrive y lo escondió en
el calcetín. Cargó el ordenador en la mochila y fue en busca de Lilibeth.
Se paró en un librería y compró Roma soy
yo, de Santiago Posteguillo. Pasear con un libro en la lengua del país te puede
abrir ciertas puertas en un momento determinado, amén de distraer la nacionalidad.
Al pagar en efectivo a la librera, sintió hacer un guiño al escritor que
conoció hacía un par de años, mientras estuvo de profesor invitado en la Sidney
Sussex College de la Universidad de Cambridge. Cuando les presentaron le dijo
en confidencia y voz baja:
—Sabe Sr. Jim, conocí a un Glass cuando estudié en Norteamérica. Un tal Philippe
un compositor minimalista muy famoso hoy en día. —Jim hizo un gesto de negación
dando a entender que no conocía a nadie con ese nombre, y músico menos— ¿Usted
toca algo?
—Los cojones. —le dijo con seriedad absoluta— Arrancó de
repente una carcajada muy a lo español del valenciano. Explotaron a risas los
dos y el profesor se fue diciendo … los cojones… los cojones.. como si de un
curioso eco se tratase.
Se puso unos
auriculares y dejó que la trompeta de Arturo Sandoval en A night in Tunisia le abriera la mente. Algo que funcionó a las mil
maravillas. Se quedó estático en Sol, frente al oso y el madroño. Su cabeza
empezó a analizar toda la información recabada en el lápiz de memoria y realizó
conexiones mentales. Una especie de esquemas y árboles con ideas se
entrelazaban en su brillante cabeza, mientras Arturo encadenaba seis octavas en
su herramienta viento metal de latón pulido para poner la guinda a la obra de
Gillespie.
Margaret era una
funcionaria del Ministerio de Justicia del Reino Unido y trabajaba en el
despacho del Secretario de Estado. Tras ciertas pesquisas, descubrió la
conexión a nivel mundial de varios dirigentes europeos escudados tras un Think
Tank británico y su operación sereta SafeWolf. Si bien no sabía las dimensiones
de la misma, ante los hallazgos, supuso que había un intento de
reestructuración mundial y que tras la pandemia se buscaba la guerra a toda
costa. Margaret lo llevó en silencio hasta que se hizo insoportable y buscó la
complicidad de su hija y su respaldo periodístico, pero hasta para ella era
difícil. La prensa estaba muy bien lubricada y bajo subvenciones europeas los
gobiernos democráticos, untaban al más estilo dictatorial cualquier noticia que
la gente no podría entender. Ese era el mundo real, el de verdad. La falsa
filantropía se escondía bajo una máscara veneciana, en un palazzo ducale
atestado de figurantes moviéndose al compás de tres por cuatro, mientras el
mundo exterior derivaba hacia un abyecto camino de destrucción.
Lilibeth estaba en su despacho de la
redacción del Diario Central consternada por la llamada de Londres. El
departamento de Scotland Yard le comunicó la triste noticia del fallecimiento
de su madre. Por lo visto el informe hablaba de un miserable que la intimidó
con un cuchillo para robarle y ante la negativa de Margaret, éste le clavó el
arma. Pudo llegar al hospital, pero perdió mucha sangre y no pudieron hacer
nada por su vida. Miraba por las diáfanas cristaleras el cielo de Madrid,
brillante y azul con apenas alguna nube dispersa, cuando sonó el teléfono de la
mesa.
—Dime. —se enjugó una lágrima traicionera con la punta de un fino
pañuelo de algodón que escondía en la manga de la rebeca.
—Lili, aquí hay un hombre que pide por ti. Un tal Glass.
—Belén, no estoy para recibir a nadie. Y no conozco a ningún Glass,
bueno a un músico, pero no creo que sea éste. ¿Se llama Philip?
—Dice que es Jim. Y tiene una tarjeta tuya
que se la dio Margaret.
Treinta segundos más tarde, Lilibeth
recibió en su despacho a un desconocido con una mochila y un libro bajo el
brazo. Bajó unas cortinas enrollables, que aislaron el despacho del resto de la
redacción.
—¿Fuma?
—No, lo dejé. Cuando no podía costearme el precio de tres paquetes
diarios de cigarrillos ingleses, cambié el humo por whiskey de malta. Como
decía Séneca, aprender la virtud supone desaprender el vicio. Soy Jim y tu madre expiró en mis brazos.
—Discúlpeme —abrió la ventana al aire de Madrid y encendió un cigarrillo
rubio— No puedo hacerme la idea de que no vaya a ver más a mi madre.
—A ver, me va a consentir que sea grosero. Y así acabamos antes. Soy
investigador privado, llevo barba de dos días y he sido un crápula borracho y
mujeriego durante mucho tiempo. Pero tu madre, permíteme que te tutee porque
eres joven, tocó este maldito corazón —se golpeó el pecho con el puño cerrado—
y me encomendó salvarte la vida. He leído sobre su investigación porque me dio
un pendrive cargado de información. Es un asunto muy grande y turbio. No he
dicho nada a la policía, pero me están siguiendo desde que abandoné el hospital.
No sé qué sabes tú y no sé cómo tomarme esto.
—Exhaló una última bocanada de humo hacia el exterior y cerró la
ventana. Sí Jim, estoy enterada de todo y mi madre llevó un peso enorme en
silencio, pero el secretario la descubrió y la maquinaria se puso en marcha
para eliminar cabos sueltos. Ahora tú también eres uno. Estás en peligro. Ella
quería que mi diario destapase todo el entramado, pero lo veo muy difícil. La
prensa no es lo que era, no hay investigación. No interesa, estamos callados,
sólo podemos opinar para el buen funcionamiento del sistema.
—Quiero
carne.
—¿Perdona?
—Me apetece un buen trozo de carne de ternera y una botella de vino de
verdad, de esos caldos españoles tan bien paridos.
—Eso está hecho. Conozco un sitio donde muchas veces coincido con Ayuso.
—No sé quién es. Por primera vez en mucho tiempo, vio una chispa. Se
sintió grosero, por un momento. Sabes Lilibeth, Philip Glass el compositor
minimalista. Es primo mío.
—¿De verdad? —dijo sorprendida—
—No. Te he tomado el pelo.
—Ja —soltó, sin ver la gracia—
Por un momento,
el cielo de Ayuso se iluminó con un foco especial. Como el de los artistas
sobre el escenario. Y el cabello castaño hizo destellos con la luz. Entonces no
pudo evitar mirarla con otros ojos. La investigación no daba tregua, desde
abajo hacia arriba. Era más bien baja y sin tacón. Vestía un pantalón de crepe
celeste y la rebeca blanca anticuada, sobre camisa verde. Iba horrible, no
tenía el menor gusto en vestir y menos en combinar los colores. Pero Jim, no
podía apartar la luz sobre el cabello similar al del taxista de Heathrow.
Estaba desvariando.
—Vamos, Jim. Necesitaremos ayuda, no
podemos hacer esto solos.
—¿Qué? ¡No es verdad! —dijo Jim con
cara de sorpresa británica—
—La moto es un vehículo extraordinario
para moverte por la ciudad. —Sacó dos cascos de dentro del asiento de la moto
eléctrica y le acercó uno— Es un momento.
Se subieron a la moto
eléctrica y en cinco minutos estaban en un restaurante gallego de Chamberí. Una
taberna de barrio donde Manuel tenía la mejor ternera gallega de Madrid, allí
nadie era mal visto, nadie te controlaba y podías comer un menú con vino de
mesa o cascarte un Ribera de 60 pavos. Entraron y Manuel les señaló una mesa
preparada para cuatro.
—¡Cuatro! —exclamó con sorpresa Jim, aún
asustado de ir en moto y por la derecha— Por lo visto viene alguien más.
— Sí, Elena y su padre, James Turner, un
gibraltareño que sabe todo lo que se mueve en el mundo, porque siempre está
detrás y si no lo mueve él, está soplando para que caiga. Te dije que
necesitamos ayuda.
Parte 3
El lago Lemán
desde Ginebra solía reflejar el sol en sus dulces aguas cuando amanecía claro,
pero no era uno de esos días. El cielo amenazaba lluvia y un ligero viento de
los Alpes bajaba hasta la ciudad húmeda. El turístico chorro de agua ubicado en
el embarcadero de Eaux-Vives impulsaba con sus dos motores de 500 mil vatios de
potencia cada uno, una columna de siete mil litros a 140 metros de altura. Más
9000 vatios de luz repartidos entre doce
lámparas, un gasto energético verdaderamente insignificante para una ciudad que
mantiene el Jet d’eau como símbolo fálico de poderío. Escaparate de automóviles de lujo, joyas y relojes, perfumes
y bombones con licor conviven en una país que nunca entró en guerra pero que se
aprovechó de los fondos nazis expoliados a los judíos. Un país financiero que
siempre ha tratado con taimada y pérfida sonrisa la procedencia de las riquezas
que atesora.
Jules Mignon
subió al helipuerto de la azotea de su edificio con vistas al lago y dijo que
le llevasen a su casa de campo de
Nendaz. No le apetecía bordear el lago y menos invertir dos horas de trayecto
cuando diez minutos le separaban de los 30 km. en línea recta sobrevolando la
parte francesa. Al aterrizar contempló toda una hilera de coches oficiales
aparcados en batería, con sus chóferes de solaz fumando y conversando entre
ellos.
—Sr. Mignon están todos en la biblioteca —dijo el mayordomo— les he
servido unas bebidas para amenizar la espera.
—Très
bien, merci. Puede marcharse a casa no le voy a necesitar hasta la tarde.
—hizo una reverencia y se marchó hacia la cocina.
Jules abrió la
puerta de la biblioteca y acaparó la atención de todos los asistentes que
estaban formando grupos, charlando y riendo entre ellos. Síganme por favor,
dijo. Y todos le siguieron hasta un ala de la biblioteca que tenía tres
escalones. Fue a la librería lateral de clásicos y desplazó el lomo de L’ingenieux
don Quixote de la Manche, marcó unos dígitos en una botonera digital y un
mecanismo completamente silencioso inició el desplazamiento lateral de una
pared forrada de libros. La amplia entrada secreta daba acceso a una sala
enorme, sin ventanas pero dispuestas con múltiples pantallas de leds. Una
larguísima mesa de juntas fabricada en cristal y acero inoxidable y sillas en
todo su perímetro ocupaba el centro. Luces de un color cálido, el nogal de las
librerías y alfombras sobre el parquet laminado daban el ambiente acogedor
necesario para debatir con tranquilidad. Inmediatamente las pantallas se encendieron y
proyectaron una virtual imagen del exterior con la campiña verde y floreada y
las montañas nevadas del Mont Blanc al fondo.
Tomaron asiento y la secretaria de Jules fue
entregando un dossier a cada uno de ellos. En letras Courier marcaba SafeWolf y
las clásicas letras rojas de confidencial. Éste, sentado en cabecera de mesa se
puso las gafas de lectura y les agradeció su presencia. Empezó a leer los temas
a tratar. Se dirigió a Noam del colectivo Jerusalén Now para preguntarle sobre
el virus “pegasus”.
—He visto que habéis filtrado la noticia a la prensa española.
—Sí. NSO de Tel Aviv había creado este
spyware de control. Vamos a incluir a Marruecos como cliente de NSO, para
remover las aguas que se habían calmado cuando España dejó el Sahara marroquí
en manos de Rabat. Así tenemos al presidente en tensión y ocupado.
Louis
Fontainebleu, comentó que tenía cerrada la donación de tres millones de Euros
de una fundación anónima gala, como agradecimiento por la campaña de Macron y
el resultado electoral.
Fueron debatiendo
los distintos puntos a tratar hasta que el secretario británico, expuso un
pequeño inconveniente que había sucedido hacía un par de días en Londres.
—Jules se interesó— Explícate Tom. Éste dijo que su veterana secretaria había
husmeado y sacado información confidencial del despacho y no sabían el alcance
o la repercusión posible.
—Ya saben que es de vital importancia
mantener en la oscuridad absoluta, todo tipo de reuniones que tengamos. Nos
jugamos mucho. —Jules siguió— Europa y el mundo entero no es capaz de coordinar
sus movimientos por ellos mismos. Los presidentes tienen una función, dar la
cara; ser la imagen para bien y para mal. Nosotros tenemos la obligación de
manejar los hilos de esas marionetas. Somos tecnócratas con muchos años de
experiencia. Los gobiernos, vendrán unos y se irán otros, pero nosotros
permaneceremos. Y señores, no lo hacemos por dinero, ni por poder, es la
obligación moral de dirigir esta enorme nave por el cauce correcto. Y nadie nos
puede poner en tela de juicio. Así lo demostramos el año pasado cuando durante
seis días y como represalia hicimos encallar el Ever Given y congelar 10.000
millones de dólares diarios.
—Igual voy a necesitar ayuda —dijo Tom—
Estamos intentando no dejar cabos sueltos, Scotland Yard ya no es problema.
Pero tenemos un investigador privado que muy posiblemente sea quien tenga
información confidencial, salió de Londres y ahora está en Madrid, suponemos
que recabando información.
—Pablo, ¿A quién tenemos en España? —preguntó Jules—
—Tenemos un par de grupos que pueden echarnos un cable. Pero quien suele
trabajar bien y dispone de medios es Turner. Ahora está metido en el tema de
Ucrania.
—Turner ¿El del trabajo de las
planchas en Italia?
—El mismo.
—Vale Tom, nos ponemos en contacto con él. Por tu lado intenta agilizar
y cerrar filas. —luego miró a Pablo— tú contacta con Turner. Antes de limpiar
hay que encontrar la información. ¿La prensa ha dicho algo?
—No, de momento la prensa está donde debe. —dijo Tom y Pablo asintió.
—Vale alguien más, ¿Helga, lo tuyo?
—Enviamos diez tanques a Ucrania, a través de la unión europea. —dijo la
alemana—
—¿Putin?
—Está seguro y moviendo fichas. —dijo Berkley— de hecho, vamos según lo
previsto, igual este mes firmamos el final de la guerra. Zelenski quiere
alargar un poco más, pero ya tiene el dinero.
—De acuerdo, cerramos entonces, si no hay
nada más.
Todos asintieron
y fueron saliendo por donde habían entrado y se dirigieron al comedor. Unas
mesas con canapés variados, rollitos de sushi, quiche lorraine y mini bocados
de embutidos españoles esperaban a los comensales en un brunch frugal. El
mayordomo se dirigió a Jules, y éste le reprochó que no se hubiera marchado
como le ordenó. No se preocupe señor. Ahora sacarán la carne y las viandas para
los veganos. Jules le agradeció su profesionalidad. La mesa de las bebidas servía
desde frescos cócteles hasta champagne de la vecina Francia. Llamó la atención
las tres clases de vinos australianos enviados directamente por David Hurley ,
gobernador general de la mancomunidad australiana, ex militar y miembro del
grupo que no pudo acudir por problemas familiares.
Dos horas más
tarde la comitiva se difuminó como los quebradizos rayos de sol que hacían
mutis por el foro montañoso. Vertiginosamente, el telón del atardecer se
apoderó de la luz y dio paso a la noche. Jules, debajo del porche, escuchó la
campanilla de “Confiture”, su vieja vaca frisona que tenía permiso para pacer
libremente por la finca. Ésta, debió notar en sus longevos huesos la presencia
de lluvia y se retiró al establo. Cinco minutos más tarde cayó un chaparrón sin
precedentes. Jules dijo: Ya era hora, por fin caes, como si tuviese dominio
sobre la lluvia y entró a resguardarse.
—Bueno de todo esto que me comentas, déjame que lo estudie. Es delicado, por un lado tenemos a una parte que son unos “Eraser” o borradores. Van a emplearse a fondo por limpiar todo rastro que pueda llevar a ellos. Por otro lado hay muchos grupos de presión; hablo de gente con muchos recursos, gente que me contrata, que paga sin rechistar. Estos personajes tienen tal poder que son capaces de hacer caer países sin pestañear. Te infunden miedo, hacen desplomarse las bolsas mundiales o inventan nuevos fármacos para nuevas enfermedades. No tienen piedad y yo muchas veces debo negociar con esta gente sin escrúpulos, megalómanos enfermizos. —Entrelazó los dedos sobre el mantel blanco, después cogió la copa de vino— Señor Glass, debo considerar que sabe cuidarse pues ya tiene cierta edad y no le estoy llamando viejo, simplemente le veo con la garantía de la experiencia. Ahora bien, como decía Ortega y Gasset ‘el que quiera contemplar un torrente lo primero que debe hacer es no ser arrastrado por él’. Y estamos acercándonos a un río muy caudaloso, con muchos afluentes y todos convergen en él para acabar finalmente en el mar. Puedo poneros unos agentes para vuestra seguridad.
—Gracias pero para mí no será necesario. Me suelo mover más libremente
sin tener que vigilar a quien me trata de vigilar.
—Usted mismo —dijo Turner sin acritud— Lili,
lo mejor es que vayas a casa de Elena estarás más tranquila. Yo haré unas
llamadas y os mantengo informados.
Nada le gustaba
más a Jim cuando visitaba Madrid que visitar el Búho Verde. Un antro oscuro que
las chicas te sobaban la entrepierna por una botella de cava catalán. En la
pantalla gigante Dua Lipa estaba vestida de rodeo y contoneaba su cuerpo como
si montase un caballo salvaje. Jim miraba atento la actuación desde la barra y
se pidió un whiskey, hacía horas del último y el mono que llevaba era de
impresión. Una joven menuda se le acercó y le susurró: yo tengo las tetas más
grandes que la del vídeo y empujó aquellos melones contra la pierna de Jim que
permanecía sentado en el taburete. Impasible a tal osadía le espetó: Te
invitaría a una copa “honey” pero ando justo de munición y espero a Bea. La
mulata bajita se marchó enojada hacia un sexagenario sentado en una mesa que
pedía guerra. Supuso algo rápido, un quitar el polvo del mueble.
Por fin, del
privado apareció Bea. Perfecta, impoluta, daba igual los que se había follado
esa noche. Era algo extraordinario, derrochaba una perfección virginal que al
mirarla jurarías que tenía el himen intacto. Nada más apartar la pesada cortina
granate, lo vio sentado en la barra. El la miró con los mismos ojos británicos
de siempre. Tenían la complicidad de dos gobiernos abocados a entenderse por
culpa del petróleo. Se le acercó y lo cogió por detrás. Mi Jim le dijo y le
besó el hombro.
—Me voy Charlie —le dijo al barman— arrastró
de la mano a Jim que soltó 20 euros en la barra. En la calle, lo abrazó y le
soltó: viejo bribón hace dos años que me tenías que sacar de aquí y te
presentas ahora como si hiciese dos días. Pues que sepas que la Bea que
conociste no es la misma….
Jim no le dejó continuar y la interrumpió
con un beso de la frescura de tu primer amor de quince años, con la experiencia
de besar con el amor maduro de sesenta.
—Hijo de puta. ¿Sabes cuánto tiempo he esperado este beso?
—¿Dos años? —respondió irónico—
—Cabrón. —contestó— Y se lo llevó
a su casa. Le acercó una botella de whiskey de malta que tenía una etiqueta:
Esta botella pertenece a Jim Glass, escrita en bolígrafo azul.
—Ja ja ja… —se moría de risa— ¿La conservas?
—Pues claro. ¿Qué esperabas? Nadie me ha
susurrado a Virgilio a Homero o Dante mejor que tú.
Se dio un baño
aromático como la mismísima Cleopatra. Su piel de terciopelo brillaba sedosa
con la luz de la noche. Y se entregó a Glass como si fuese la primera vez. Y
sus cuerpos se fundieron en uno muchas veces y cada gemido fue sentido y cada
beso un recuerdo de aquello que fueron y el tiempo se hizo eterno, como la
noche un suspiro y el alba les pilló exhaustos, agotados, pero felices, muy
felices.
Jim se vistió y
la miró por última vez. Sintió celos y odió a todos los hombres que habían
disfrutado de aquella hembra. Pero Bea, no tenía dueño. Era belleza salvaje,
indomable. Un mesteño americano corriendo por la América más agreste.
Y se marchó sonriendo
hacia la pensión…. Una multitud de luces azules intermitentes le despertó de la
euforia. Otras amarillas y anaranjadas de las ambulancias. Policía nacional y
local cerraban el paso a los curiosos. Observó a una mujer que los sanitarios
sacaban en camilla completamente golpeada. Era María Carrasco, su María de la
pensión. Una sensación de impotencia le apareció de repente. Quería acercarse a
mirar qué ocurrió. Pero uno es investigador desde que nace, no se hace, y sabía
que alguien estaba esperando a que se acercase. Se tocó el calcetín con el
pendrive. Todo estaba allí. Le llevaban ventaja, igual los había menospreciado.
Dio media vuelta y se alejó del lugar.
Parte 4
Jim, se acordó de la cita que el
gibraltareño pronunció de Ortega y Gasset e inmediatamente parafraseó de nuevo
al filósofo español, “Sólo es posible avanzar cuando se mira lejos”. Así que
necesitaba perspectiva, para no ser arrollado por las aguas y para avanzar
desde una óptica amplia.
—Garth, viejo amigo ¿Qué se cuece?
—Hola, tiraron abajo la puerta de tu apartamento y lo precintaron. ¿Se
han puesto en contacto contigo?
—No. Bueno, tenía unas llamadas perdidas del inspector Lambert, pero ha
desistido. Me temo que la investigación ha tomado otro cariz. Estuve con la
hija de Margaret, ¿Recuerdas? y me ha presentado a alguien que por lo visto nos
puede echar una mano. Me están buscando y son profesionales, no es Scotland
Yard ni un inspector de mierda. Son matones que trabajan para peces gordos. Le
han dejado la cara como un mapa a Maria de la pensión. Lo que no sé es cómo
averiguaron la localización, nadie sabía dónde me hospedaba, María no hace
registro electrónico conmigo, me tiene como un familiar. Estoy pagando en cash.
Sólo Lili y sus amigos del restaurante…—hizo una pequeña pausa— conocían…. —el
mismo se calló de repente, reflexionando— dónde estaba. —Acabó.
—Jim, por el amor de dios no te fíes de nadie. Llama a mi primo, es de
confianza.
—Bien. Ya veo qué hago, están pasando muchas cosas en muy corto espacio
de tiempo y debo moverme con precaución. Y sí, ahora, visto lo visto no puedo
fiarme de nadie. Ni de la hija, ni de sus amigos que igual me hubiesen
despachado esta noche. Suerte que he dormido en otro catre.
—¿La puta? —le preguntó desde el otro lado de la línea.
—No menos que tu madre, que nunca se casó con el putero de tu padre —le
soltó jocoso— Sí con ella. —continuó—. Admiro cada hebra de su ser. Y por la reina
madre, te juro que me dejaría quemar en el fuego eterno si fuese de su mano. Te
dejo bribón, dale un beso a Rose y a Peter..
—En
el fondo eres un romántico, prométeme que irás alerta y llama a mi primo.
—Descuida.
Elena había preparado la habitación de
invitados para comodidad de Lili. Disponía de baño dentro de la propia
habitación lo que le daba más intimidad. Elena no estaba sola. Mariano había
ido a pasar un par de días con ella antes de irse a un trabajo con su hermano
gemelo a Barbate. Un tema, sobre un ánfora encontrada en la bahía y que un
anticuario cretense pagaba muy bien. El trabajo era cosa del padre de Elena que
había encontrado un buen tándem en los hermanos junto con Pepe, alias Curtis.
—Elena, voy a hacer un poco de pasta al estilo
napolitano, con tomate y albahaca —dijo el gemelo.
—De acuerdo. Voy a ducharme.
Al pasar junto a la habitación de Lilibeth
observó la puerta cerrada. Acercó la oreja a la puerta para intentar escuchar.
No se oía nada. Pegó más la oreja, ahora completamente…
—¿Me buscabas? Una figura oscura apareció de
la nada en total silencio.
El salto sincronizado con un grito de
pavor de Elena fue tremendo, hasta Gregorio apareció en el pasillo con un
delantal de caballero y esgrimiendo una cuchara de madera.
—¡Qué susto me has dado! —dijo Elena con el
corazón latiendo a dos mil.
—Había salido a la terraza, las vistas son
inmejorables, mejores que las de mi oficina.
—No
quería molestarte Lili, era para decirte que me iba a duchar.
—Yo sigo con la pasta, en diez minutos todo el mundo a comer. ¿Vale
cariño? —dijo con retintín, imprimiendo un énfasis en la vocal tónica y
alargándola en exceso.
—Sí, comprendido, será una ducha rápida.
De acuerdo dijo
Lili, entró a su habitación y cerró la puerta con pestillo, fue en busca del
ordenador de Jim que se lo había confiado para no ir tan cargado desde el
restaurante. Lo dejó sobre la cómoda, pero para su sorpresa no estaba allí,
había desaparecido.
—¿Qué es un gribraltareño? Le dijo el técnico en sistemas. Turner sabía
cuándo rugir y cuando ronronear, ahora tocaba lo segundo junto con una risa
sardónica… ¿Qué es? —le siguió completamente el juego.
—Un moro que habla español y se cree inglés. —estalló a reír estruendosamente.
—Turner hizo lo propio, aunque por dentro se estaba cagando en su puta
madre y en sus difuntos más frescos.
—Vamos a ver… esto, ejemm.. tiene una contraseña. Vamos a ir probando
1234… 4321… 0000… tenemos para un rato, hay diez mil combinaciones posibles.
—¡Fuck! No lo dirás en serio. —Exclamó Turner mirando la pantalla del
ordenador que pedía un password.
—No hombre no. —Empezó a reiniciar el
portátil con una unidad USB—. Vamos a ejecutar un programa de fuerza bruta, él
mismo va probando las combinaciones y al ser de cuatro dígitos será rápido —hizo
una pausa— << y se cree inglés…>>.
—Iba riéndose socarronamente por lo bajo mientras mascaba un chicle.
En unos diez minutos el programa dispuso
la contraseña que daba acceso al contenido del ordenador. La sorpresa para el
informático es que había subestimado al dueño, muy U.K.
Garth no era un simple barman, fue en su
juventud quien hackeó la página de la Casa Blanca poniendo una corona de la
Reina Isabel II en el menú principal. Cuando clicabas empezaba a sonar el God
Save de Queen. Fue muy sonado, nunca más bien expresado. Buckinham tuvo que enviar
un comunicado oficial expresando su desagrado. Pero dicen que la reina en petit
comité aseguró que le encantaría conocer a ese malhechor “que tan bien me lo ha
hecho pasar”. Que Dios salve a la Reina, claro que sí. Así que Garth había
instalado un firewall que se ejecutaba si alguien intentaba por fuerza bruta
entrar en el portátil de Jim. La
pantalla siguiente les informó que no estaban autorizados a usar ese ordenador
y que el pequeño objetivo del ordenador hacía dos minutos exactos había
realizado unas fotografías de quienes estaban delante del portátil y que cuando
su dueño lo abriera vería a los usurpadores. Luego se apagó.
—Me temo que el inglés nos ha adelantado por la derecha. Si me lo dejas
pruebo de hacer un backdoor .... —Turner le interrumpió.
—No, es igual. Ya hemos puesto las cartas sobre
el tapete verde. Alea jacta est —dijo dubitativo—. Pues sí, no he valorado el talento
del investigador privado. “Pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que
aparentamos”, dijo Maquiavelo. Mételo en la mochila, me lo llevo.
Ninguno de los
dos se percató de una minúscula luz led roja apenas imperceptible. Estaba a
punto para enviar un archivo a una cuenta de correo, usando la primera red Wi-Fi
abierta que encontrase en el camino.
El primo contactó
con Jim antes de lo previsto y quedaron en un bar de la Plaza Canalejas, cerca de la pensión.
—Me ha dicho Garth que necesitabas ayuda.
—No me vendría mal un lugar donde dormir esta noche.
—Eso está hecho. Me llamó mi primo, bueno, no somos primos pero como si
llevásemos la misma sangre. Mi abuelo en la guerra civil, conoció a la abuela
de Garth que vino a España con el Batallón Británico de la XV Brigada
Internacional. Luchó cableando línea para tener comunicación telefónica junto
al bando republicano. Y a mi abuelo le tocó luchar con los nacionales. En el
Ebro mi abuelo le salvó la vida cuando un proyectil la abatió y él aprovechó
que era conductor de ambulancias y la llevó al hospital de campaña. La enviaron
en tren hacia El Ferrol y allí la operaron después de cuatro días, en que la
herida ya apestaba a carne podrida. Finalizada la guerra se cartearon y siempre
supieron de sus vidas. Al morir mi abuelo encontramos las cartas en un baúl y
quise conocer al padre de Garth y Garth vino a verme a Madrid un verano y hasta
ahora. ¿Nunca te habló de mí?
—Pues no sabía la historia. No, nunca me había comentado esto. Y mira
que somos amigos desde pequeños. Pero ya sabes… para mantener un secreto, mejor
ocultar el hecho de que lo posees.
—Bueno, Jim. Háblame de ti, ¿Qué está ocurriendo? Puedes tener total
confianza en mí. ¿Tienes un pendrive con información encima?
—Mmm..No
tengo ningún pendrive. —mintió negando con la cabeza, con la naturalidad propia
de la profesión—. La información la subí a un server en la nube con mi
portátil.
—Ya,
Ok. ¿Y dónde está ese ordenador?
—En casa de una amiga. —Interrumpió la conversación abruptamente—. Discúlpame
un momentito de nada, tengo que ir al servicio, las cervezas me empujan.
Jim entró dentro
el local. Abrió la doble puerta abatible hacia la cocina. Cargó una perola de
cocido madrileño y fue diciendo: ¡¡Cuidado!!, ¡¡Cuidado que quema!!, ante la
mirada incrédula del personal de cocina. Luego dejó la cazuela sobre una mesa y
empujó la puerta de seguridad que daba al lateral de la calle. Y se fue
corriendo del lugar. Estuvo durante quince minutos sin parar. Luego se detuvo
en una tienda de móviles y compró uno de tarjeta prepago. Hizo una llamada.
—Hola, ¿Tu abuela perteneció a las brigadas internacionales y vino a
España a luchar en la guerra del 36?
—¿Qué
has bebido, Jim? ¿Y este número?
—Contesta, ¡Coño! —No estaba para idioteces.
—Mi abuela.. Mi abuela hacía punto todo el puto día tras los cristales
del balcón, con una gata gorda, en su
regazo. ¿Qué coño guerra, ni sabía lo que es un máuser? Ni creo que viajase más
allá del viaje de novios con mi abuelo a la isla de Guernsey, con el Ferri.
—Casi me la cuelan. Otra vez. Creo que me pincharon mi móvil. Llámame a
este número.
—¡Vuelve aquí bro! Estoy asustado. Ahora te
llamo.
Garth marcó el
número internacional. Y Jim le puso al corriente del falso pollo que se hizo
pasar por su primo. Lo que le llamó la atención fue la minuciosidad de su
historia, era demasiado perfecta. Y la pregunta de si llevaba un pendrive, tocó
el resorte que hace saltar las alarmas.
—¿Puedes inutilizar el portátil desde allí?
— En cuanto el portátil pille una red Wifi
abierta lo flipan. —dijo Garth encabronado.
El parque del retiro es uno de los lugares
emblemáticos de Madrid; 125 hectáreas con 15 mil árboles son un gran pulmón
verde de la capital española. El ayuntamiento brinda con Wi-Fi gratuita para
quienes lo visitan, por un tiempo limitado.
Al pasar por la
puerta de Alcalá, el portátil que llevaba Turner en una mochila detectó la
banda de internet y activó un procesamiento por lotes, creo una cuenta y empezó
a transmitir un archivo codificado. Cuarenta segundos después, se paró.
Turner escuchó un
pitido agudo en la mochila que llevaba. Y empezó a sacar humo… casi no pudo
mirar dentro. Tuvo que lanzarla sobre la acera. La mochila empezó a arder como
una barbacoa cuando la grasa de la carne cae sobre las brasas encendidas. La
gente del paseo se asustó y Turner se desentendió completamente, y como si
fuese un viandante más, siguió su camino dejando atrás esa masa deforme de fuegos
fatuos consumirse. Sólo se recordó: “Ese hijo de la gran puta, si parece inglés
de verdad”, y continuó hacia Atocha.
Capítulo 5
La
monarquía hispánica y por extensión el gran imperio español fue el más
duradero, más de 300 años y casi el más extenso del mundo. Los británicos
siempre han querido ser superiores, pero es debatible, casi 20 millones de km2
de los que contabilizaban eran hielo de Canadá deshabitado y desierto
Australiano. Lo que sí es indiscutible
es que en el imperio español de Felipe II no se ponía el sol. Jim estuvo diez
minutos en la Plaza Mayor contemplando la estatua ecuestre de su hijo, el
tercer Felipe. Fabricado en bronce, regalo del duque de Florencia para éste y
plantado en el centro de la plaza.
Había
quedado, por enésima vez con el primo de Garth. Ese gran hombre misterioso, que
nunca es quien dice ser.
—¿Le gusta la monarquía o se inclina más por
la escultura? —Le dijo una voz por su espalda.
—Pues no sé, ambas cosas. —Se dio la vuelta—.
Soy británico y pertenezco a un país con reina y con grandes museos;
arquitectura, escultura… pertenecemos a la vieja Europa, señorita.
—¿Eres Jim Glass?
—No sé quién es ese hombre.
—Estás esperando al primo de Garth —dijo con
total seguridad.
—Gracias, pero he quedado aquí con un hombre
y en este puto país, por muy jocoso que parezca, todo el mundo quiere ser el
primo de mi amigo Garth.
—Ese hombre que esperas soy yo y tengo dos
tetas, no muy grandes, pero dos. Soy el primo que al que tenías que llamar,
pero soy prima. Me llamo Estefanía soy española. Puedo esperar a que lo
corrobores, no tengo prisa alguna.
A
todo esto, ya se había adelantado mientras ella hablaba y le estaba enviando un
mensaje a Garth.
—Estoy desconcertado, pensé que lo había
visto todo. Y me encuentro en esa fase de la vida que, estás en el escenario
con una obra completamente nueva y que la platea no te quita la vista de
encima.
Un
pitido de que había recibido un mensaje, le hizo mirar el teléfono de nuevo. En
efecto Estefanía era su”primo”. “Lo siento bro. Si te decía que era una prima
ni de coña le pedirías ayuda. Confía en ella”. —Y llenó la pantalla de emoticonos
partiéndose de la risa.
—Pues va a ser que sí, el bribón me la ha
jugado. Bien valen unas risas en este “vallis lacrimarum”. Te acepto unas
cervezas. ¿Sabes algo de algo?
—No sé nada, sólo que Garth me dijo que
estabas en apuros y si te podía echar un cable. Esperaba tu llamada hace un par
de días.
Se
sentaron en una terraza de la misma plaza. Y se pidieron unas cañas. Ella le
contó la relación con Garth, realmente no eran primos sino hijos de primos
lejanos. Pero siempre habían tenido una buena relación a pesar de la edad.
Conectaron desde el momento en que ella le pidió un vinilo muy raro de Londres
y él se lo encontró en la mítica tienda Notting Hill Honest Jon’s .
—Tengo 37 años ¿Y tú, si no es indiscreción?
—Oscar Wilde dijo: “Nadie debería fiarse de
una mujer que le declarara su verdadera edad. Una mujer que os dice eso, está
dispuesta a contaros cualquier cosa”. Pero haré una excepción e igual al
finalizar el día te lo digo. Pero tengo la edad suficiente para haber quemado
tres hígados con el alcohol que he ingerido.
Unas
cervezas les llevaron a otro par, y cambiaron de sitios y bajaron por
Cuchilleros hacia calle de Cava baja y fueron tapeando por La Latina hasta que
la noche era cerrada y los ojos se les cerraban de puro cansancio. Al final Jim
fue a su casa y durmió en el sofá. Mañana sería otro día y de mucho trabajo.
Sería cuestión de empezar a jugar las cartas, esta vez con la baraja española.
Era un negocio de Sota, Caballo y Rey.
Se levantó doblado.
Cuando uno es joven un sofá es un elemento confortable, cuando peinas canas ni
la mejor cama del mundo te hace levantarte nuevo, pero el dolor es menor, más
llevadero. Estefanía leía la prensa en un portátil y había hecho café.
—Buenos días bello durmiente. ¿Qué tal la
noche? No has parado de hablar.
—Demasiado larga, me sobra la mitad, pero
como las baterías de los móviles, por mucho que duerma no me recargo al cien
por cien.
—Leía los sucesos, ¿Qué tipo de enfermedad
tienen los jóvenes ingleses con los balcones? Os vais a Mallorca. Una isla
maravillosa con el mar que la rodea, hay inmensas playas y una oferta turística
excepcional y en vez de disfrutar, beben, beben y se lanzan de los balcones de
los hoteles.
—Es una manera de lo más tonta de perder la
vida. Ni tan siquiera esos adolescentes saben volar como Ícaro y Dédalo en
Creta, ni llevan alas de plumas pegadas con cera. Pero su destino es el mismo,
escapar de una isla para morir de gloria. Sólo que sus padres no harán ningún
templo a Apolo ni podrán colgar sus alas como ofrenda. Como mucho un ramo con
alguna rosa roja, en su fría tumba.
—Hizo una mini pausa, como reflexionando y continuó—. Pero bueno, yo he
venido a Madrid a aclarar algo, a presentar el legado al mundo de una mujer que
me hizo responsable en su último adiós de sus descubrimientos. A ti no te
conocen y eso es importante. Voy a hablar con Lily esta mañana.
—¿Y yo qué quieres que haga?
—Tú ves a la pensión de María —le apuntó la
dirección— y recoges mi ropa. Ten
cuidado. Yo les llamo ahora para preguntar cómo están y que irás de mi parte.
¿Tienes coche?
—Sí, uno pequeño.
—Luego me vienes a buscar, vamos a hacer
espionaje.
Se
dieron los móviles y se despidieron. Inmediatamente Jim llamó a la pensión.
Descolgó el marido de María, que por fin le tocaba hacer algo más que beber
cerveza mirando el futbol en la pequeña salita. Le preguntó por María y dijo
que estaba mejor, en la clínica aún. “Pidieron por ti y como María no dijo
nada, la golpearon de mala manera. Eran extranjeros, del este”. Jim le
agradeció la información y le dijo que pasaría una amiga a por su ropa.
Luego
llamó a Lili desde su viejo móvil. Cuando conoces las tretas del rival puedes
hacer que ellos mismos caigan en su propio juego.
—Hola Lily, ¿Tienes novedades sobre el asunto?
Necesito el ordenador.
—Verás, —hizo una pausa— alguien lo robó de
mi habitación en casa de Elena.
—¿Alguien? —Elevó el tono, enfadado— ¿Acaso
crees que soy imbécil? En este puto embrollo, me parece que no jugáis limpio.
Alguien me esperaba en la pensión, para darme pasaporte, robarme el ordenador
con la información. Y fíjate….
—No me asustes, Jim.
—No, mejor asústate. Porque si los putos
matones que golpearon a la casera, fueron capaces de ello. Todos corremos el
mismo riesgo. Lo que Margaret descubrió, hay mucha gente que intenta que se
mantenga oculto.
—Bueno, para vuestro conocimiento, la información
está guardada en servidores, bajo los más estrictos controles de alta
seguridad. Esa información si me pasa algo, va a distribuirse a todos los
periódicos del mundo, desde el más riguroso hasta el más sensacionalista y que
caiga quien caiga. Hay fotos, archivos y audios de gente importante.
—Un momento, alguien quiere hablar contigo.
—Yo no quiero hablar con nadie de momento.
Pero no intentéis jugármela más…
A pesar de la negativa,
Turner se puso al aparato.
—Sr. Glass, tenemos que vernos. No es seguro
hablar por teléfono.
—¿Tienes mi ordenador? Capullo.
—Disculpe, no le he faltado al respeto. La
educación no debe perderse.
—¿Educación, respeto? Vas de Sir, pero eres
un vulgar extorsionador, barriobajero. Un gibraltareño que hizo negocios sucios
en su día y medró a costa de los otros. Yo también he hecho los deberes.
—Le menosprecié y posiblemente tenga razón y
entiendo su enfado. Si bien me apropié de su ordenador indebidamente y le pido
disculpas, no estoy detrás de lo acontecido en la pensión.
—¡Lo ves! ¡Lo sabes! Es que no eres trigo
limpio. —Le tuteaba pues sabía que conseguía ponerlo a parir—. Te deberías
haber quemado los huevos con mi ordenador.
—Permítame que concertemos una cita, usted
decide el lugar y la hora.
—De acuerdo. Zoo Acuarium de Madrid. De aquí
tres horas. En los osos.
—Allí estaré. Hasta luego.
Cuando
apareció el primer taxi, lo llamó.
—Buenos días caballero. ¿Dónde le llevo?
—Al Gregorio Marañón.
—Eso está al otro lado del Parque del
Retiro. Si me voy por Alcalá y O’Donnell a esta hora hay atasco. Si le parece
voy rodeando el parque y subo por la antigua Real Fábrica de Tapices y
“parriba” por Dr. Esquerdo.
Jim ni lo escuchó. Su
cabeza estaba en otro lado. Si me tenían pinchado el móvil lo sabremos, pensó. Cogió
su libreta de notas y vio su letra y LT07FAF enmarcado en un rectángulo.
Miró
por la ventanilla el inmenso parque del retiro, recordó el gran palacio de
cristal que está dentro y se dijo: “Nos copiaron el Crystal Palace de Hyde
Park”. Luego volvió a la libreta.
Llegó
al hospital y pidió por la 324. Subió a la tercera planta y encontró a la hija
de María junto a la puerta hablando por el móvil que le hizo ademán de que
entrase mientras seguía hablando. Golpeó con los nudillos, la puerta y accedió
cauteloso. Hola, dijo y María contestó desde la cama: ¡Adelante!
—Oh, mi rubito inglés. —los ojos se le
iluminaron al verlo.
—Ponlas con un poco de agua, que no se
marchiten. —Dejó el ramo sobre la mesita—. ¿Me dijo tu marido que estás mejor?
—Sí, un poco. Me dieron bien los putos
georgianos.
—¿Estás segura?
—¿De si me dieron o de si eran de
Georgia?
—De lo segundo María. No sé cómo te queda
humor.
—Completamente. Soy capaz de distinguir las
lenguas romances nuestras como el rumano, de las eslavas de rusos o ucranianos.
Y los georgianos van por libre es una lengua kartveliana del Cáucaso
meridional. Créeme que los distingo. ¡¡Dammshviddit!! Le decía una voz de mujer
al que me atizaba. ¡Cálmate!
—Las horas muertas de recepcionista dan para
leer mucho.
—Ni te cuento.
—No sabes el dolor que siento de verte así,
cariño.
—No te preocupes. Ahora ya no me dirás que
te quieres casar conmigo. —Se rio, y al hacerlo le dolieron los huesos por los
golpes y se quejó con un ¡Ay!—. No sé en qué andas metido inglesito pero esta
gente no es como nosotros.
—Lo sé. Y sé que nunca te casarías conmigo,
el cenutrio de tu marido no sabe hacer nada sin ti y no lo dejarías en la
estacada. Pero que sepas que ahora está dando el callo, por una vez en su vida
le toca currar.
—Nunca lo dejaría, además eres demasiado
pícaro y truhan para una mujer como yo. Aunque me encanta que me lo digas
siempre que vienes.
— Cuídate mucho. —Jim se acercó a ella y la
besó en la frente—. Veo que tu hija no te deja de manos. Me marcho, tengo
trabajo que hacer, pero no podía hacer nada sin pasar a verte y este tema es el
mayor marrón de mi vida. Igual no salgo de ésta o “I’ll Go Home feet first”.
—No seas pájaro de mal agüero.
Salió del hospital y llamó a Estefanía.
Diez minutos más tarde se subían a un Fiat 500 blanco.
—¿Dónde vamos? Hacia la casa de Campo.
Exactamente al Zoo, he quedado con Turner, pero vamos antes para ver quién
viene. Acabo de sacar carta. O mejor acabo de tirar un comodín y quiero ver
quién coge la carta.
—Y si no es una indiscreción ¿Por qué has
quedado en el zoo de Madrid? Anda que no es grande la capital.
—¿Tienes algo en contra de los animales?
—Bueno, me molesta que les priven de su
libertad, para tenerlos en un escaparate.
—Bueno, bueno. No me dirás que tú también
has caído en la milonga de las libertades, la opresión animal, el hacerlos
aprender con un látigo, y este desinterés moral de movimientos de plaza.
—Cuidado con la moto esa que nos cierra.
—Tranquilo, va por su carril. —Se rio—.
Volviendo a ello, igual sí que creo en todo eso.
—¿Tú tienes idea de lo que le cuesta cazar a
una leona o a un leopardo? ¿Sabes que muchas madres abandonan a sus hijas para
poder sobrevivir? Conocerás la crueldad de matar a sus propias crías de muchas
especies; o los elefantes y su dura carrera en época seca, donde no hay comida
ni agua, que mueren por el camino. Es el reino animal y tiene sus propias
leyes. Ahora imagina que eres un león o una leona o cualquier otro bicho y te
llevan a un parque, te alimentan dos veces al día. No tienes que preocuparte de
tus hijos por si un depredador viene a por ellos de noche. Si te pones malo te
curan y estás tumbado a la bartola todo el día. Que hay un niño que te hace carantoñas
y te tira cacahuetes, pues bueno, ¡Uy! Ya viene Manolo con el cubo de comida.
No nos engañemos, para un animal salvaje, es otra vida distinta, pero tampoco es
tan mala.
—Bueno, no pienso igual, pero lo respeto.
—Vale. Hemos llegado, aparca bajo ese árbol del parking. Voy a sacar dos
entradas que nos dará acceso libre por todo el recinto. Ah, ¿Por qué el Zoo?
Hay zonas que apestan y a un señorito de Gibraltar como Turner, le parecerá
desagradable, es mi intención, enseñarle de una manera sutil que yo elijo la
mierda ahora, y tendrá que olerla le guste o no. A ti nadie te conoce, te
quedas aquí y vigilas coches grandes, algo que te llame la atención. Yo voy a
prepararme el terreno, falta una hora para que lleguen seguramente lo harán pronto,
si vienen varios coches. Ya sabes
mensaje o llamada.
Compró dos entradas y le dieron dos
gorras y dos pulseras, una de ellas se
la dió a Estefanía. Cogió un plano e intentó memorizar las puertas del recinto.
Un grupo escolar con dos autocares hacía su entrada con los monitores. Pensó,
ahora sí, pobres animales ahí vienen los críos. Puerta de emergencia, aquí y
aquí. Restaurante Internacional Kibanda; los osos aquí, leopardos y monos en el
otro lado.
Un camión con balas de paja para los
animales dio la vuelta hacia la parte norte del parque. Una entrada para la
mercancía también podía ser una salida en un momento determinado.
Un helicóptero aterrizó en la explanada
que servía de helipuerto no llevaba anagramas era azul marino intenso. De él
bajaron dos hombres y una mujer vestidos con ropas oscuras y botas militares.
Estefanía, pensó que no le cuadraba nada. <<Al final no será tan tonto el
amigo de Garth. Un zoo amplio, lleno de gente, niños. No se podían hacer cosas
con discreción y eso le daba un par de vidas adicionales.>>
—Jim, acaban de llegar dos hombres
y una mujer en helicóptero. Van hacia la entrada.
—Gracias. He escuchado y he visto llegar el AgustaWestland AW169 azul.
Ya tenemos a los primeros adelantados. —Se encasquetó la gorra con visera del
parque. Todos las llevaban. Y se mimetizó con un grupo que iba hacia las
jirafas.
Estefanía, desde su posición, no podía
controlar todos los coches y los autocares que venían. Así que decidió
acercarse a la entrada disimulando que esperaba a alguien y así ver de cerca
quien ingresaba al parque. Se lo comunicó por mensaje a Jim.
Aún faltaba una hora y poco. Decidió ir a
tomar algo y entró en el restaurante Bagaray en centro del zoo. Un hombre mayor
le siguió de cerca y Jim con el rabillo del ojo lo controló. Se fue hacia una
mesa y se sentó con la espalda en la pared. Luego se dio cuenta que era
autoservicio. Así que se levantó para
coger una bebida y pagar al final en la caja. Cuando fue a meterse, el hombre mayor
sacó su bastón con empuñadura plateada y golpeó sobre la guía metálica de
portar la bandeja.
—Sin colarse amigo. Va detrás de mí.
—Pués más le vale Sr. Glass. Aquí se va a armar la de Dios es Cristo.
Tenía completamente prohibido que le
molestasen cuando estaba en su sala de audición. Una cómoda sala con
tratamiento acústico por todas partes, difusores, absorbentes, trampas de bajos
y dos cajas acústicas de la serie 800 Diamond de Bowers & Wilkins de 38000€
eran las responsables de que la Cabalgata de las Valkirias de Richard Wagner
interpretada por la Orquesta Filarmónica de Viena sonase celestial. Los agudos,
medios y graves, cada uno en su rango, se percibían de una manera
extraordinaria. Era como si la orquesta
al completo hubiese venido a la sala para ofrecer un concierto privado. Al
finalizar, tras una hora ininterrumpida, apretó un botón y la puerta
electrónica se abrió. Mignon salió al vestíbulo principal. Inmediatamente, el
mayordomo apareció servicial como siempre.
—¿Desea alguna cosa, Sr. Mignon?
—No, gracias. Puede retirarse.
Entró en su despacho y su secretaria le
informó de la infinidad de llamadas pidiendo por él. Lo hizo con voz nerviosa,
como temiendo que algo no fuera bien. No eran normal tantas llamadas, correos
pidiendo con urgencia conversar con él, pero su respuesta era clara: No está
disponible en estos momentos. Con todo, Jules no hizo caso en absoluto, nada
era más importante que su momento de música. Por una hora más no se iba a
acabar el mundo.
Jules, venía pletórico. Con las pilas al
cien por cien. Se plantó delante y le recitó a William Blake:
Para
ver el mundo en un grano de arena,
Y el
Cielo en una flor silvestre,
Abarca
el infinito en la palma de tu mano
Y la eternidad en una hora.
Aquel
que se ata a una alegría
Hace
esfumar el fluir de la vida;
Aquél
quien besa la joya cuando esta cruza su camino
Vive en el amanecer de la eternidad.
Pásame las llamadas, voy a ver las
urgencias tan perentorias.
Los
georgianos habían llamado seis veces. Pidiendo instrucciones. Todo iba
perfecto, según lo establecido. Habían localizado a Glass que iba con un viejo
y cuando estaban en las jirafas se esfumaron. Ni rastro de ellos. Ni rastro del
Sr. Turner que debería estar allí según lo previsto. Nos encontramos en el zoo,
esperamos noticias.
Mignon
pegó un golpe en la mesa, con tal furia, que el marco familiar de plata quedó
ingrávido por unas décimas de segundo, luego aterrizó de nuevo sobre la gran
mesa de caoba como el Apolo XI.
Las
sienes le latían del cabreo. Agarró con arrebato el móvil y marcó. Turner no
daba señal, o estaba apagado o fuera de cobertura.
—Merde, c'est pas possible. Españoles,
ingleses, me irritan. —dijo, como si tuviese un interlocutor delante. Llamó a
la secretaria y le dijo que insistiese con Turner, hasta que lo localizase.
El
viejo Curtis fue al zoo en representación de Turner, que tuvo que partir
inmediatamente a Estambul. La venta de unos buques mercantes con bandera
panameña fue un trabajo urgente que no podía procrastinar bajo ningún concepto.
Unos millonarios ucranianos querían llenar los buques con todas sus
pertenencias, pues la guerra, ganase quien lo hiciera no les garantizaba salir
bien parados. Unas haciendas en las Islas Molucas eran el destino final de las naves.
Todo
en el Zoo salió según lo planeado. Curtis convenció a Glass para seguir un plan
B que consistía en salir del complejo animal por una de las puertas norte. Un
camión con balas de paja disponía de una cabina escondida en su parte central
bajo las pacas prensadas de alfalfa. Glass llamó a Estefanía y le dijo que se
dirigiera al aeropuerto. Se verían en la puerta de embarque.
La
sorpresa fue que el inspector Lambert también quería sacar tajada, se había
tomado permiso de vacaciones y acudió a la llamada de su viejo amigo Curtis. El
grupo formado por Glass y Estefanía y Curtis y Lambert tomaron un avión de
Turkish Airlines con destino Estambul. Elena gestionó los billetes y se quedó
con Lilibeth en Madrid.
La
sorpresa de Jim al ver al inspector Lambert fue de impresión. No se lo hubiese
imaginado nunca. Mientras esperaban el vuelo, tuvieron ocasión de charlar
largamente y Jim llegó a la conclusión que Lambert tenía alguna cuenta
pendiente con el secretario británico. Ambos coetáneos, pero uno de ellos con
más suerte que el otro, que llevaba toda la vida de inspector, sin posibilidad
de ascenso a alguna planta alta con vistas despejadas a la City londinense.
El
aeropuerto de Estambul se encuentra a unos 35 km. al noreste de la ciudad.
Glass miró por la ventanilla cómo el avión en su trayectoria pasaba por encima
del estrecho del Bósforo que comunica el mar de Mármara con el Negro y separa la parte europea de la asiática.
Estefanía cerró los ojos y le cogió la mano a Jim, tenía pavor de volar. Sabía
que tenía que superarlo, pero aún no estaba preparada. Aterrizaron con una
suavidad extraordinaria y media hora más tarde un coche les esperaba para
llevarlos al hotel Barceló Instanbul, Ese día, Kamal un guía contratado por
Turner, les iba a amenizar el resto de la tarde y la noche, mientras él cerraba
su asunto en Odesa. Al día siguiente se reunirían en la oficina ejecutiva de la
Sultan Penthouse Suite de James Turner en el propio hotel.
—Ya me lo puedes devolver. —Le dijo Jim.
—¿Estás seguro?
—Sí, ya has hecho mucho pasando los
controles. Ahora sé que puedo confiar en ti.
Se metió mano en el
escote, extrajo el pendrive del sujetador y se lo entregó a Jim. Éste lo cogió
y lo tiró en una papelera.
—¿Qué haces? ¿Acaso has perdido el juicio?
—No hay nada, nunca ha habido nada.
—¿Cómo? —Preguntó Estefanía estupefacta y
ligeramente indignada.
—Nunca ha habido nada. Vivimos en la época
que vivimos. Darling, ¿Te vas a arriesgar a llevar un cacharro encima con toda
la información? Ya soy nuevo investigador. El tiempo de los microfilms en los
tacones huecos ya pasó. Los Smiley que surgieron del frio de Le Carré o el Harry
Palmer de Deighton pasaron a otro nivel. Toda la información, porque se trata
de eso, está debidamente guardada en servidores. A un clic de distribuirse y
armarla gorda o simplemente que el implicado sepa que está y ahí queda la cosa.
—Estefanía, le dijo lo que Gene Hackman a
Will Smith en Enemigo Público: “You're either very smart... or incredibly
stupid”. Y lo miró a los ojos, oscuros y profundos como un agujero negro y la
atraparon con el mismo campo gravitatorio.
El
hotel, situado en el centro neurálgico de la ciudad, disponía de un vestíbulo
amplio y luminoso. Un músico imprimía unas melodías de ambiente tocando un gran
piano negro de cola junto a las escalinatas. La recepcionista pidió las
documentaciones y fue entregando las tarjetas, una habitación por persona. Decidieron
ducharse y descansar un poco hasta la hora de la cena. Le dieron libre a Kamal
que prefirió no moverse y tomar un té caliente en la terraza del hotel, mientras
contemplaba a las gacelas extranjeras cual depredador agazapado tras los
arbustos. Decidieron encontrarse en una hora y media.
Estefanía entró en su
habitación y lo preparó todo para darse un baño relajante. Abrió el agua
caliente y empezó a llenar la bañera. Tocaron a la puerta. El corazón se le
encogió de repente y se puso el albornoz. ¿Si? —preguntó.
—Soy yo, Jim.
Abrió la puerta y lo vio
aparecer con la trolley.
—¿Qué haces? —le dijo mirando los bártulos.
—Ni de coña me quedo en una habitación
registrada a mi nombre. Ya tengo una edad y he salvado el pescuezo unas cuantas
veces por no dormir en mi cama. Así que si no te importa vamos a compartir esta
enorme habitación.
—Anda que, ya te vale. ¡Vamos, pasa! Pero me
voy a pegar un baño, así que no quiero que me molestes y de sexo nada.
—No pensaba hacerlo. Es simple supervivencia.
Voy a ordenar toda mi cabeza, que el día ha sido complicado.
A
la hora y media todos estaban como nuevos, acicalados y a punto para la vuelta
nocturna. El pianista se arriesgaba con temas propios a veces ligeramente disonantes,
hasta casi un principio de fusión jazzística, luego se percataba y volvía a los
registros comerciales. Kamal se deshizo en halagos hacia la única mujer del
grupo. Su enorme bigote poblado y su tez morena evidenciaban su nacionalidad
turca. La simpatía y el agrado de las mujeres extranjeras era algo muy común en
los hombres, que las que veían con una mente más abierta y con menos
restricciones que sus paisanas.
—No deja de mirarme —le dijo Estefanía a
Jim.
—Le gustas, seguro que acabarás en su cama
esta noche. Y su bigotazo te hará cosquillas por el cuello. Y yo tendré la cama
para mí solo. —Se reía por lo bajo.
—Estás tú listo. Antes me hago monja que
acostarme con un hombre de esos, me parecen sucios.
—Tienen Hamamm. El vapor también abre los
poros y purifica el alma turca, doncella mía. Y si no, hay ducha o un baño —dijo
jocosamente.
—Eres muy malo, inglesito. —Y le pegó
graciosamente en el hombro con la mano plana, para luego acariciarle suavemente
la cara, áspera por la barba incipiente que empezaba a brotar tras el paso del
día.
La antigua basílica
ortodoxa de Santa Sofía, hoy convertida en mezquita, brillaba esplendorosa y
reluciente. Su cúpula en forma de media naranja con más de 30 metros de
diámetro y sus cuatro minaretes iluminados, hacían de la noche un lugar mágico.
Casi de ensueño si no fuera porque Curtis y Lambert decidieron preguntarle a
Kamal por la comunidad sefardí en Estambul.
—Sí, muchos judíos de Sefarad aquí en
Turquía, ahora tienen nacionalidad español, también. Expulsión hace 500 siglos
por los Reyes Catódicos fue no bien.
—500 años, Kamal. Y católicos, eran
católicos. —Le corrigió Curtis de buena fe—. Fue una hijoputada para los moros
y judíos, pero ya se encargan de recordárnoslo y ahora nos quieren dar por culo
a toda costa.
Kamal los llevó a un
restaurante de comida internacional cerca del Yerebatan Sarayi o Palacio
Sumergido que es la más grande de las 60 cisternas de la ciudad construidas en
época bizantina. Al finalizar la cena retomó la ruta nocturna con el minibús. Tenía
una sorpresa final para cerrar la noche. Los llevó a una de las vistas más
altas de la ciudad, donde se podía contemplar el gran cuerno de oro del
estrecho y todos los minaretes de las mezquitas señalando al cielo majestuoso
desde la modesta y pecadora tierra. Mientras sus turistas contemplaban el
paisaje, Kamal abrió el compartimento del maletero y extrajo una mesa. El
conductor, presto a ayudar, trajo las botellas frías de licor de Raki para
brindar. Acompañado por unas frutas secas, melón y queso blanco. El propio
Kamal fue quien hizo de “saki“, sirviendo el clásico anís turco en unos vasos
cilíndricos que al mezclarlos con agua le dan ese color blanquecino a la
bebida.
—¡Serefe! —dijo Kamal, levantando el vaso.
—¡Serefe! —contestaron todos al unísono
mientras imitaban el gesto.
El Raki tiene 45 grados
de alcohol, sin embargo, la bebida si es fría y mezclada con agua, disimula
bastante su fuerza. Kamal sabía lo que hacía y a Estefanía le puso hielo.
Después de tres vasos estaba muy contenta y reía cada broma del guía. Iniciaron
el regreso hacia el hotel cansados de todo el día, sabían que mañana tendrían
el plato fuerte.
El efecto del anís fue
tomando el control de la joven Estefanía y el viejo otomano tenía el colmillo
goteando. Pero la sabiduría de la edad, hizo que Jim, cogiera a la prima de
Garth, que no paraba de reír y para desánimo del cicerone local se la llevó
hacia el ascensor y la acostó en la cama King Size de la habitación. Le quitó
las sandalias y la arropó en un lado. Después, se desnudó completamente, se dio
una ducha y se metió en el otro lado de la cama aún húmedo.
Estefanía estaba
intranquila, hacía movimientos espasmódicos de tanto en cuanto y empezó a hablar
durante la noche. Hasta que llegó el momento en que dio media vuelta y le cruzó
el cuerpo con su pierna. Sólo entonces se relajó y cayó en un profundo sueño.
Su pierna doblada encima y la mano en su velloso pecho le confirieron seguridad
y tranquilidad. Era como agarrar el gran oso de peluche de la feria, que su
primer novio le regaló como trofeo en el tiro con carabina y que tantas noches
adolescentes acompañó su cama individual.
La tos le despertó y
antes de romper el alba estaba esputando sangre en el lavabo, que limpió
cuidadosamente para no alarmar a Estefanía que seguía durmiendo esta vez en
posición fetal. Jim, abrió con sumo cuidado el minibar y cogió una de las mini
botellas que había. Salió a la terraza, completamente desnudo y bebió. Aún las farolas
iluminaban la ciudad que empezaba a despertar. Un camión
de alimentación descargaba varios palés y los introducía en la parte trasera
del hotel. Cuando de pronto un cuerpo caliente lo agarró por detrás y unas
manos de mujer le acariciaron el pecho.
—Vas a coger frío, inglesito. Y tápate que
una no es de piedra.
—Estoy bien. Ahora entro y me arreglo.
—¿Sabes? No estás mal por tu edad.
—¿Mi edad? Anda niñata, duerme un poco más
que es muy pronto para ti. Y hoy nos la jugamos con ese viejo cabrón.
Capítulo 7
Garth se despertó a las cuatro de la mañana intranquilo, algo no iba bien. Volvía a tener ese presentimiento negativo: Un camión de cerveza estacionado junto a un hotel explotaba por los aires. Le envió un mensaje a Jim. “Bro, algo me intranquiliza” y le explicó esa visión. Glass le agradeció su preocupación, pero confiaba más en su experiencia que en supuestas visiones que, al fin, no eran más que imaginaciones mentales. Allí eran las seis de la mañana. Se aseó y una hora más tarde decidió ingerir algo sólido. La edad no perdona y Lambert y Curtis habían mitigado sus desavenencias con el insomnio y ya estaban en el comedor. Se unió a ellos.
—Caballeros. Buenos días.
—Buenos días, Sr. Glass. ¿Ha pasado una buena noche?
—Digamos que sí. Tampoco deseo aburrirles en
grado sumo, con mis desvelos e inquietudes.
En ese mismo momento
Curtis recibió una llamada. Y tras unas cortas palabras con su interlocutor,
comunicó al resto que Turner acababa de aterrizar en Estambul que se reunirían
todos a las diez en su Suite del hotel.
—Tiene una llamada de Ankara.
—Pásamela, merci.
Jules Mignon, no quería
que lo pillasen desprevenido. En su conversación con Turner, éste le pidió unos
días para arreglar el tema británico. Pero algo se olía del fanático
gibraltareño que rezumaba sudor de legionario y que apestaba a traición por
todas partes. Así que movilizó a un grupo paramilitar en Turquía para que, en
caso de que fuese necesario, limpiase rastros en pro de la religión, del fanatismo
xenofóbico o cualquier otra causa estúpida. Una solución que enmascarase el
verdadero fin, como se había hecho en tantas ocasiones. Hoy era tan fácil como
hacer reportes anónimos en pro del altruismo y en contra de cualquier régimen,
religión, discriminación racial o de homofobia. La gente se emborrachaba de
filantropía, paz y amor y no le importaba nada más.
—Por la otra línea. Do Kwon.
—Dile que estoy ocupado. Paso de criptomonedas, deriva la llamada al
departamento administrativo de Berna.
—Necesita hablar con usted, tiene planes
para reactivar una serie de cadenas de bloque con emisión de nuevos tokens
Luna. —Insistió la secretaria.
—Dile que lo llamo en cuanto haya acabado
unas gestiones importantes. —Calculó la diferencia horaria mentalmente— Ocho más siete. Indícale que a las 3 de la
tarde, suyas.
Estefanía se desperezó y
decidió darse una ducha y cambiarse de ropa, pues aún llevaba la de la noche.
Abrió las grandes puertas de la terraza y se asomó. Un camión azul y blanco de
Efes Pilsen se aparcó en la misma calle. Fugazmente contempló cómo la luz de la
mañana rompía las sombras. La gente empezaba a moverse y a encajar la rutina
diaria. Entró de nuevo y cogió la mini botella vacía de licor, la miró durante
unos breves segundos y la lanzó a la basura.
Lambert, Curtis y Glass,
desayunaban tranquilamente mientras departían cómo afrontar la conversación con
Turner. A lo que Curtis alegó:
—Señores conozco a James desde hace mucho
tiempo y puedo asegurarles que no se han de preocupar. Tiene solución para cada
problema. Y sabe trasformar las dificultades y los obstáculos en verdaderos
toboganes lucrativos para todos. Es como un día de excursión.
—Yo estoy cansado de ser inspector, de
trabajar durante toda mi vida para una triste pensión y un reloj en la jubilación.
—Pues a mí me importa un carajo todo —exclamó
Glass—. Llegados a este punto de no retorno, que te da igual avanzar que estar aparcado.
Lo único que no me gusta es que me intenten trolear. Pero enfrentarme de cara a
cara no me incomoda si la lid es justa, luego que gane quien sea merecedor.
Estefanía, hizo aparición
en el comedor. Y llamó la atención de los comensales que no podían creer el
cambio, eso sí era como de la noche a la mañana. Vestía unos ajustados pantalones
negros, con un corto top palabra de honor en color blanco que dejaba su ombligo
al descubierto. Unas anchas gafas de sol sobre su cabello aún mojado, recogido
en una esbelta cola. Pero lo que más dejaba impávido era su seguridad al
caminar sobre tacón alto. No parecía en absoluto la mujer que habían conocido.
Hasta Jim, la miró peguntándose si era la misma Estefanía que medio ebria
acostó la noche pasada en la cama. Sí, lo era y se dio cuenta cuando les dijo
buenos días y su profunda sonrisa apareció tras su boca fresa.
Todos se levantaron de la
mesa.
—Por favor —dijo Jim, separando la silla—
Toma asiento.
—Gracias.
A pesar de que todos
habían terminado con el desayuno, de motu propio la acompañaron en su frugal Kahvalti
o desayuno turco, compuesto de frutas frescas, pan con mermeladas y mantequilla
y té negro. Todos estaban expectantes para la función.
Un mensaje indicó a Curtis que todo estaba
preparado para la reunión. Así que les apremió a subir a la Sultan Penthouse
Suite del hotel. Al subir a la séptima planta, un sirviente del hotel, les
acompañó desde el ascensor hasta la puerta. Abrieron desde dentro y un
mayordomo les invitó a sentarse un momento mientras daba el aviso a su
anfitrión. Se encontraron con una
espaciosa sala de estar con sofás y unas puertas que daban al balcón. Glass
miró a través de los visillos la vista al exterior. Los demás se sentaron en el
sofá a esperar que Turner compareciese. Los amplios 75 metros cuadrados de
sala, comunicaban con una sala comedor y una cocina funcional pero completa. La
habitación principal disponía de baño completo y Hammam integrado.
—Discreta Suite —insinuó Glass—.
—Muy discreta y muy elegante, comparado con
mis 50 metros cuadrados de apartamento en Madrid.
Pasaban diez minutos de
las diez. Y apareció James Turner. Recién duchado, camisa blanca con el cuello
abierto bajo una blazer sport a medida de la famosa sastrería Caraceni de Milán.
Arreglado pero informal.
—Caballeros, señorita, disculpen el retraso.
Ya no tengo puntualidad británica, algo de español llevo dentro. —Se rio
ligeramente y continuó—. Gracias Curtis por relevarme en mis funciones, pero un
trabajo es un trabajo y si la guerra nos sube los combustibles, también tiene
cosas buenas y hace ricos a muchos a pesar de lo horrible que pueda ser.
—Curtis afirmó con un gesto.
No había empezado y Glass
ya se quería marchar, pero aguantó con estoicismo la palabrería. Al fin y al
cabo, eran sus huéspedes. Turner
continuó hablando.
—Podríamos pasar a la sala de reuniones,
pero prefiero algo más informal así que en este sofá podemos comentar ciertas
cosas mientras les pongo al día. Si les parece bien. —Todos asintieron.
Me llamo James Turner y tengo recursos en
muchas partes del mundo. —Se sacó la americana y la dobló sobre el brazo del
sofá— Manejo personas, muevo hilos y dejo que otros crean que me manejan si le
saco un rédito. Puedo parecer pretencioso, sin embargo, es una dosis de
realidad. —El sirviente cogió la americana— Esta mañana voy a poner las cartas
sobre la mesa —se subió las mangas de la camisa— y no voy a esconder ningún as.
No hay trampa ni cartón. Si bien a veces, no juego limpiamente —miró a Glass
pidiendo disculpas con la mirada.
—Me gustaría saber a dónde nos va a llevar
todo esto. —increpó Glass— Decidí en Madrid apostar a caballo vencedor y me
molestaría saber que, en vez de ello, estoy contemplando un trilero de
balneario.
—Le entiendo y agradezco su paciencia, y que
haya accedido a molestarse en acudir a la cita.
En ese momento Curtis
apretó un botón de un mando a distancia y las cortinas se deslizaron, dejando
la sala en penumbra, al mismo tiempo que una pantalla blanca bajaba
verticalmente.
Turner cogió una tablet y
deslizó unas ventanas, hasta que apareció una presentación en la gran pantalla
blanca.
Un gran mapa del mundo
mostraba aviones, barcos, y trenes en tiempo real.
—Les puede parecer futurista. Basta con
introducir una página web y gratuitamente vemos el desplazamiento de estos
aparatos. Ahora, imaginen por un momento qué se puede hacer pagando. Se
sorprenderían del control de sus móviles, de sus personas. Todo está ligado.
Absolutamente todo, las empresas han recopilado sus datos y se venden al mejor
postor.
Apretó otro botón y una
imagen de un dron enseñaba un campo arrasado, con tanques que pasaban —Es
Ucrania, la cámara de un dron nuestro está constantemente dando información vía
satélite. Cambió de pantalla. Y mostró la fluctuación de criptomonedas y sus valores
al instante.
—Vale nos hacemos una idea de la importancia
de la tecnología de la cual soy adicto a medias y consumidor. —dijo Glass— pero
ya tenemos una edad y hemos vivido el auge, ahora toca apechugar con las
consecuencias. Pienso yo. Nada es gratis, todo tiene un precio.
—Ja ja ja.
¿Sabía usted, que quien hizo correr la información en todo el mundo de
que los ordenadores se bloquearían en el año 2000 fue mi departamento? Lo
hicimos desde un piso en Cádiz comiendo gambas y bebiendo fino. Creamos una
alarma mundial. Se trata de eso. El miedo paraliza y si eres tú quien lo
origina, vas por delante tres pasos, puedes manejar a la humanidad entera. Ya
sabes las consecuencias de antemano.—Bebió un sorbo de un vaso y continuó—. Mi
departamento, y yo como cabeza de éste, servimos a grandes grupos que necesitan
de nuestros servicios más locales. Somos como una subcontrata de una gran
multinacional. A veces incordiamos, pero nos dejan morder del pastel, siempre y
cuando el trabajo por el que nos han contratado salga adelante.
—Glass, usted estaba en el momento que debía
estar. No fue ocasional que un black cab TX4 se parara justo delante del St.
Thomas Hospital y que bajara de él una mujer que solicitó su ayuda, con un
navajazo en el estómago. Usted es un profesional, nosotros también. Aunque
hubiese buscado la matrícula LT07FAF que anotó en su agenda, no le arrojaría
ningún resultado. Es falsa gracias a Scotland Yard. —Jim no dijo nada.
—En efecto —apostilló el inspector y se
encogió de hombros—. Pertenece a una serie de numeraciones dadas de baja que no
existen en los registros.
—Estoy completamente estupefacto. No doy
crédito a lo que me comentan. Pero, pero… —titubeó— ¿Qué sentido tiene todo
eso? ¿Cuál es el fin? ¿Por qué yo?
La pantalla de proyección
se quedó azul por unos instantes. Y de repente apareció una ventana de video.
—Hola, ¿Se nos ve? Nosotras os vemos perfectamente.
—Sí. —Contestó Turner—
—¿Margaret? ¿Lilybeth? —Jim, se creía presa
de un sueño, o una pesadilla, era incapaz de discernir.
—Hola todos desde Madrid —dijo Margaret—. Jim, siento mucho las formas, pero era
necesario. Gracias.
Jim estaba
congelado. En su cabeza sólo le venían
imágenes. Y empezó a atar cabos. El Tx4 iba realmente lento y esperó a llegar hasta
que él estaba frente al Hospital. Estaba preparado. Se manchó de sangre cuando
la cogió por la cintura y sin embargo dijeron que fue un navajazo en el
estómago. Claro que no comprobó que lo que tenía en sus manos rojas era sangre
artificial. Cuando alguien está mirando a un ilusionista o prestidigitador,
cree lo que sus ojos ven, pero no lo que la realidad esconde. Ellos querían que
viese eso. Pero ¿Por qué?
Turner se adelantó a sus
pensamientos.
—Sr. Glass, Creo conocerle y ahora mismo
desearía marcharse y mandarnos a todos a freír espárragos. Por favor, le pido
unos minutos más de su paciencia, por dos motivos: Uno, conocerá la verdadera
razón de todo. Algo, que es la biblia de cualquier investigador privado, saber
la verdad. Y dos, usted tiene todos los requerimientos que organizaciones como
nosotros buscamos. Un tipo solitario, que sabe desenvolverse, sin ataduras, de
cierta edad. Permítame caer de nuevo en el tópico, pero no le llamo viejo, sino
con experiencia. El inspector tiene sus motivos para trabajar con nosotros a
parte de su amistad con Curtis. Él nos propuso a usted y su perfil era
interesante. Nosotros, Jim, frente a ese grupo de Think Tank que, domina y no
lo ponga en duda, buena parte de negocio y política y comercio internacional,
debíamos crear un problema al que ya teníamos la solución. Pero hay que hacerlo
creíble y cuánto más increíble más fácil es hacerlo creer, si me acepta la
redundante cacofonía.
—Pero los matones, eran reales —interrumpió,
buscando otra aclaración.
—Sí,
Jim. Esos son muy reales, de hecho, sabíamos que íbamos por buen camino cuando
golpearon a la mujer del hostal. Cuando fueron al zoo. Sí, ellos siempre quieren
tener la sartén por el mango.
—¿Y la información que se subió a los
servidores?
—Garth hizo un buen trabajo —dijo Estefanía—
Todo era basura para magnificar algo fútil y carente de valor, en una
información vital.
—No me lo puedo creer. ¿Estefanía? Tampoco
eres prima.
—No, Jim. —Lo miró condescendiente— Garth hace tiempo que trabaja con
nosotros en algunos trabajos. También él consideró éste, un momento
interesante.
Se dirigió hacia la
ventana con las manos en la cabeza, absorto. Totalmente abatido por todo lo que
acababa de escuchar. Como un niño, le habían engañado en un teatro con una
puesta en escena formidable.
—Pero los audios, las conversaciones, los
archivos. Había firmas, nombres —sentenció Jim— los vi con mis propios ojos.
—Todo papel mojado. Nada. El estudio grabó
audios. Se inventaron nombres, personajes. Mire Jim, estos grupos tienen un
poder asombroso. Poder, es saber que puedes manejar a tu antojo todo aquello
que quieras sin que nadie pueda impedírtelo. Y esa gente no existen, son
invisibles, pero sus brazos son largos y ejecutores. Por ello, decidimos armar
este tinglado. Para crear un problema de invisibilidad poniendo en riesgo todo
su gran pensamiento. Y necesitábamos, le repito, hacerlo completamente
creíble. Jim, el tiempo de investigador
solitario no tiene futuro. Acaso piensa acabar sus días investigando infidelidades
y grabando audios con el móvil. No, olvídese. Ellas son tan infieles como
ellos, pero también son tan ricas o más. La sociedad ha cambiado. Todo ha
cambiado. “Tempus fugit”, amigo mío.
Estefanía se acercó a Jim
y le acarició el cabello. Él seguía abstraído y pensativo.
—Quiero que trabajes para mí, con nosotros,
en el grupo —añadió—. Piénsatelo. Está de más decirte que toda esta
conversación debe quedarse entre nosotros. Para finalizar el plan y que acabe
bien, voy a comunicar a nuestros clientes que toda la información de Margaret,
los archivos que implicaban a altos funcionarios, los pendrives y ordenadores
están completamente a salvo bajo nuestra custodia. Es decir, que es un trabajo
realizado y que si ellos siguen confiando con nosotros, no tienen de qué temer.
¿Te acuerdas de la película “The Firm”?, el momento en que el jovencísimo Tom
Cruise habla con los mafiosos italianos y les explica que toda esa información
que les implica, está en un barco que nunca llegará a ningún puerto mientras no
le pase nada a él. Pues más o menos, esto es lo que damos a entender. Ese es el
gran truco de magia y como en todos, su mecanismo es tan sencillo que no te lo
puedes imaginar. Así que dejemos que sigan soñando en el ilusionismo mundial
que nos mueve.
Todos los asistentes se
despidieron, ahora más distendidos y tranquilos. Lambert se llevó un pellizco
interesante. Curtis fue al minibar y sacó la botella de leche de pantera que
compartió con Turner y Glass le dijo que se pensaría la oferta. Quería ir a
casa y hablar con su amigo Garth de muchas cosas. ¡Maldito bribón! Necesitaba
conducir un poco por la izquierda y centrarse.
Un coche les esperaba para llevarlos al
aeropuerto. Se adelantó al grupo y al salir por la puerta del hotel, Jim
observó el camión de cerveza y de repente sintió una subida de adrenalina
inmediata. Garth, los recuerdos, su presentimiento. En una décima de segundo.
Intentó proteger a Estefanía con su brazo y tiró de ella.
Un hombre en la otra
punta de la calle accionó un dispositivo y el camión de cerveza explosionó con
tal fuerza que la onda expansiva hizo volar los cristales de los coches
estacionados. Cajas de cerveza volaron hacia arriba y en todas direcciones
desparramadas. Cristales y espuma formaban ríos por el asfalto. Un banco de
madera salió despedido y se clavó en la vidriera del hotel. La gente corrió
despavorida. Alarmas de coches adyacentes que sonaban discordantes. Hasta que
la gran nube de polvo fue mitigando y una falsa calma tomo las riendas de la
situación. La gente se fue acercando poco a poco. Sirenas de policía y
ambulancias se oían por todos lados.
Otro atentado decía la gente que curiosa miraba si veía cuerpos en la
escena.
Lambert y Curtis por
suerte no habían salido aún de la recepción cuando estalló la bomba.
Estefanía estaba cubierta
de polvo y sepultada por el cuerpo de Jim que la protegió en la salida. Estaba
bien, dolorida de la caída. Jim no tuvo tanta suerte. La ambulancia llegó de
inmediato e intentaron reanimarlo.
Las noticias y la prensa se
hicieron eco. Un grupo terrorista hizo explotar una bomba cerca de un centro
comercial. Varias personas fallecieron del impacto y algunas resultaron heridas
de gravedad por la onda expansiva. Se sospecha de un grupo libanés. Se sigue
investigando. Se ha creado un comité de expertos que se han reunido con el
alcalde de Estambul para determinar los temas de seguridad.
Una semana después, la
mañana era clara cuando un camión de transporte de mercancías trajo una caja de
cervezas Efes Pilsen. El mayordomo firmó la notificación y abrió la caja. Había
unas cervezas de cristal y un sobre que decía Sr. Mignon. Diligentemente la
dejó sobre el escritorio de su amo y continuó sus labores.
El cielo azul y blanco se
reflejaba en el Támesis como la entrada de Thames TV. Glass se asomó al río.
Tenía una cicatriz en el estómago del que tuvieron que extraerle un pedazo de
cristal, y extirparle la vesícula dañada en el impacto. Estefanía estaba a su
lado. Se trasladó a Londres una temporada por recomendación de Turner y hacía
la vida un poco más fácil a Jim.
—Te advierto que cuando estés bien, me
vuelvo a Madrid.
—Pues aún te queda —le susurró y levantó su
brazo para apoyarlo en su hombro. ¡Ay! —Exclamó.
—Darte por muerto no significa que estés
muerto. Anda, camina que Garth nos espera.
—Sabes que ganas mucho en tacones.
—Sí, soy más alta. —Lo cogió por la cintura.
Un black Cab TX4 les pasó a su lado. Jim no quiso mirar la matrícula. Observó
el Big Ben en hora e hizo una risita muy inglesa.